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Esta es la mejor historia para leer mientras regresas a casa en el Chosicano

RASCACHULA ES POETA

Por Miguel Ángel Coletti

Ahí estaba Rascachula de regreso al barrio, acodado ya varias horas en la balaustra oxidada de la vieja esquina, un lugar con historia, que tantos personajes recibió en su buena época, él brillaba más que el metal bajo el sol, casi echado en la esquina del movimiento, como la conocían los mismos vagos de siempre Pericles, Fico y Pelezinho, sus amigos de la niñez, con quienes había compartido la maldad y la desgracia, pero también el amor secreto y la solidaridad asolapada con el desgraciado vecino.  Con el rostro endurecido por la sal del mar recitaba sus poemas al aire libre con esa inmensa voz que la vida nocturna y el frío le habían formado. Lucía con intención su brazo firme de marinero donde figuraba un ancla estirada, puntillazos con dolor  extremo en su momento, en tinta china sin máquina, a pulso nervioso,  en el reclusorio donde purgó pena de muy joven, a pelo, con una aguja ya usada y un compuesto químico desconocido para el dolor; el artista responsable, su compañero  de celda que le grabó  ese recuerdo para siempre en su piel morena y que relucía y tomaba grandes dimensiones  cuando hacía músculo para impresionar  a los transeúntes que pasaban desprevenidos y que solo inclinaban la mirada  ante su atrevimiento. Su verdadero nombre estaba puesto grueso sobre la dura epidermis con puntos suspensivos, y un mensaje para el amor de su vida- finadita del penal de mujeres-Leticia por siempre, la imagen de la sarita colonia volando y el rostro a trazo grueso de su madre, doña Cata generando una sonrisa corroída, pero sincera, para la posteridad. Pero a Rascachula lo perseguía una marca personal, un tic nervioso o una costumbre de soñador empedernido, que lo hacía introducir su inmensa mano y rascarse con desesperación mientras conversaba entregado a su suerte y hasta cuando se quedaba dormido de borracho lo hacía con la mano en su posición íntima, consolándose.


Su merito era ser marinero, tan libre como un perro callejero, como un delfín de mar adentro,  y podía disponer de su tiempo como él quisiera, no tenía hijos, era como el mismo se definía, un huevo seco orgulloso, un día en tierra, al día siguiente adentrándose en la aguas profundas y lejanas del mar, hacia otro rumbo, otra dirección de brújula, tal vez mañana Japón, el Cabo de Hornos, Incheon, el Mar del Norte o Australia , otro continente y otras madres alegres lo esperaban en Marsella o en Singapur. Experiencias novedosas y únicas,  diversión asegurada para el recibimiento esperado, luego de inmensos sacrificios, cargando y descargando, cansado de beber agua salada, curado del susto de ser sorprendido por tantos moluscos gigantes  que saltaban afuera de la embarcación y la hundía por momentos, se trataba de hacer la vida llevadera dentro de un viejo barco que daba tumbos en medio del furioso océano y que a veces parecía una inocente canoa que dependía del viento y el mar.

Contaba siempre sus historias en los barcos que lo introducían a uno en frías historias que parecían esos cantos antiguos que soltaban como velas hinchadas los antiguos marineros griegos acerca de sus proezas en la guerra y ciudades recién descubiertas , contaré solo una:

Esa  mañana tan soleada el Horacio  no podía desembarcar en Bordeaux y debía continuar su rumbo directo hasta Brest. Desde una oficina de aduana se informó por fuertes parlantes que el puerto estaba en cuarentena por una repentina  peste de viruela, así que no se podía tirar anclas. En tierra firme  me esperaba una  blanca muy olorosa, llamada BIP BOP. Yo que era muy sano en ese tiempo, y era el cuky del buque,  me acerqué a los más serios a criticar la mala noticia como haciendo espíritu de cuerpo, con el mandil  blanco oliendo a comida  y el sombrero puesto  todavía,  solté el comentario malicioso que se había desatado, como otra peste: No habría desembarco. Un viejo marinero- decepcionado de la vida- al enterarse, en un repentino arrebato de maldad quiso tomarme de la cintura como para intentar aniquilar su apetito  escondido por meses. Ese atrevimiento casi le cuesta la vida y a sus semejantes, que sonreían detrás como esperando una respuesta afirmativa y se pueda ceder a la violación del más joven de la tripulación. Ahora tú pagarás el pato.

Yo guardaba  celosamente debajo de mi camarote un par de zapateras con mango de cinta-una herencia de mi padre que fue remendón- que me protegían de todo mal y fui por ellas luego del tremendo pulseo, las cuales tomé  una para cada mano y con un aire más que desafiante que me hacía salir los ojos para reventar, lleno de nervios le propuse a esa tripulación de norteños continuar con su maldad.

A ver avanza, a ver ahora para, so atorrante y la…

Y así, en ese sentido pude rezarle una cantidad de poemas marinos poco escuchados pero hirientes hasta los límites del respeto y la salud mental.

El resto fue silencio, durante todo el viaje no se volvió a hablar del incidente, los marineros solo se dedicaron a trabajar y a guardar el secreto detrás de las escotillas.

Rascachula se pasaba las horas alaraqueando de lo que tenía en abundancia y nunca le faltaba, mujeres, buena merca y como buen vozarrón porteño, poesía buena ropa, se vestía apretado, ed latex y no se permitía ni  un dedo sucio en la camisa ni una prenda de vestir que no correspondiera a ninguna celebridad del espectáculo, así se perfumaba con Gucci el grueso cuello y los bigotes, y vestía a la medida camisas Armani, un inmenso Rolex de manecillas doradas que  doblaba con su  valor la fina muñeca y en los pies se calzaba unos portentosos Ferragamo con personalidad propia.Pero  Rascachula siempre regresaba al barco muy derrotado,  había dejado más que sus soles en esta nueva visita a su patria, el puerto, su patrimonio personal, su alma de marino mercante pagando viejas deudas, olvidando vueltos escondidos y  entregándose al vicio desmedido de buscar a los viejos amigos para alejar las penas, pero celebras qué? se preguntaba,  qué hay que celebrar?, no será para olvidar?, pensaba cuando ya se salía para otro destino y al alejarse veía desde el mar las últimas luces del Callao que lo despedían, también ensombrecidas, tristes, las boyas apenadas que flotaban en el mar como seres porfiados que nunca se hundían, con un fuerte pito de buque mercante que siempre lo volvía a la vida, se iba…

TUITÓSFERA 2016:

[Imagen de portada: Julio Polar (Archivo de Lucho Rossell)]

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