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Esta es la mejor historia que puedes leer mientras viajas en el Metropolitano

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Por Miguel Coletti

Los Quintana son una familia criolla, de varias sangres, natural de la ciudad de los virreyes, pero con residencia  provisional en el puerto república del Callao  a consecuencia de una maniática costumbre del padre-adquirida seguramente durante su tiempo de estudiante universitario-de continuar junto a sus hijas y esposa  por un camino errático y conflictivo a la vera del mar, de recolectar utensilios de uso “temporal” y de implementar entre sus consanguíneos la economía del autoconsumo y  la prédica  anarquista del vivir sin trabajar. El anciano padre  hasta la actualidad vaga como un jovenzuelo  sin destino por la costa central del territorio, como un caminante que construye una guía de playas,  afirmando su habitual costumbre de cazador-recolector, entregó  estos años a su consecuente familia  una vida de nómades  sin residencia fija, que caminaban y donde los atrapaba la noche y el frío, edificaban como maestros endebles casas  instantáneas frente al mar, las hacían normalmente de cartones, plásticos perdidos o  con la misma chala que le regalaba la orilla. Allí realizaba junto a sus hijas las tareas domésticas habituales, la enseñanza de oraciones y conocimiento de vida, luego de esas amenas charlas,  disfrutaba con sus congéneres,  asando pescaditos en recipientes de tortuga marina, disfrutando del ruido de las piedras en su arrastre y  de las olas en inmensas cámaras de llanta, fumando tabaco exageradamente como indígenas. Así pasaban la vida, cocinando, aprendiendo de la experiencia del mundo desnudo y  domesticando aves rabiosas  buenas para la pesca de los cardúmenes que poblaban los mares y que viajaban muy desprevenidos de estos picos gigantes que caían del cielo.

II

Los Quintana son de buena cuna, provenientes de los míticos Barrios Altos en la antigua lima, ahora conocedora del clima del litoral peruano,  con escudo de apellido y armadura de caballero en el baúl del viejo solar. Un buen día, gracias al cansancio del patriarca, Don P. Quintana , hundieron los pies en una playa exótica, donde veían hacia el mar sin aspavientos.  y  como un día le llegó la vejez  -ansiadamente esperada- el músculo venció a la costumbre,  y decidió  establecerse en una caleta escondida e inubicable llamada Playa azul, un gancho de agua, un uña de rocas que acuchillaba el norte  del puerto. Ubicada en la salida que conduce a los abismos de Pasamayo  que precede al valle frutícola de Chancay, donde  ellos alguna vez en un viaje antiguo  lograron escarbar para su alforja patrimonial, valiosos cuchimilcos eróticos, redes de pescar oxidadas, turquesa  y  muñecas precolombinas de vestidos  de lana natural de alpaca,  traídas de los confines del imperio seguro por chasquis. Estos maravillosos recuerdos permanecen  cubiertos  por los cerros verdes y  la arena curtida de esta localidad frutícola  y pescadora. Ellos aprendieron el uso diestro de instrumentos líticos desde muy temprana edad, en el caso de las hijas, hermanas idénticas, manejaban  con destreza cuchillos de obsidiana para cortar carne de animales y  bebían chicha fermentada en lujosos mates de piedra trabajada por artesanos desconocidos, hacían uso de un menaje con linaje fino,  instrumentos que ellas consiguieron  adaptar fácilmente para su uso digamos doméstico.

Gracias a su misterioso  talento par de errantes  para adaptar estas herramientas  prehistóricas a su costumbre, forjaron su vida y destino aprovechando los recursos del mar y de los animales que viajaban por el cielo marino.

III

Una buena noche de luz de luna en el puerto, cuando la ciudad silenciaba la mala vida de los pobladores, y no se escuchaban más gritos de arrebato ni balazos perdidos, ella, una de las hijas-difícil reconocer quién era quién- recibieron por intermedio de una botella mensajera que llegó hasta la costa- la botella llegó  hasta los mismos pies de una de sus hijas que en ese momento pescaba un bello lenguadito y  que se abrigaba en la con piel de lobo marino y se ponía grasa de animal derretida  en su cuerpo para alivianar los dolores que produce el agua en el viento. Esa noche  el frío era insoportable, y la humedad calaba los plomos, la caja, pero  una increíble noticia traspasaba las expectativas de la noche, una botella que llegaba hasta sus pies  y  la hizo sudar sin control y pensar en blanco- un aviso envuelto en una botella de agua florida, el mensaje le  anunciaba a su  padre ser poseedor de una gran herencia, que esperaba en una región lejana que traspasaba los Andes. El mensaje se leía solo:

-Cambio de vida. Llegó el capitalismo.

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